Entre las páginas de la fábula de Isidoro

La madre de Wynston espera a su hijo a la llegada del colegio. Tiene las intenciones de ver las cartas de Tarot y aprovechar de ofrecerle una rica merienda. En medio de un partido de fútbol que es interrumpido por una transmisión violenta en la que dos encapuchados flanquean a un rehén en una silla: el presidente del gobierno español. La reacción del niño: “Este Presidente será rápidamente sustituido por otro y el partido de mañana es la única final de fútbol que podré jugar con trece años; si pierdo ese momento, nunca volverá”.

Porque más que de fantasía, estaríamos hablando aquí de un realismo líquido que se va alejando cada vez más de nuestro mundo. No se trata de algo repentino, sino que se va dando poco a poco, hasta el momento en el que el lector se ve obligado a plantearse cuánto de lo que está leyendo es real y cuánto no, cuánto es producto de la imaginación y cuánto es mero delirio de alguien que ha soñado durante muchos años.

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La respuesta, por supuesto, es que nada es real: es una novela. Pero el hecho de que aceptemos como realistas cosas como que torturen y prendan fuego, vivo, al presidente del gobierno en las primeras páginas del libro nos hace, una vez terminada su lectura, replantearnos la verosimilitud de nuestra realidad. Actos que deberían ser inverosímiles se asumen con absoluta normalidad, y la frontera entre lo real y la fantasía se va volviendo más difusa, sin que consigamos tener ningún referente fijo que nos sirva de faro.

En medio de todo ese caos surge Isidoro, lo más parecido a algo fijo en toda la Fábula. Un monstruo, un tipo violento y desagradable, egocéntrico y manipulador, que guía al joven Wynston y a todo el que se va encontrando por el camino en una especie de viaje, con un bautismo de ríos contaminados y cloacas incluido. Un personaje soñado enfadado por haberse perdido el atentado contra el presidente, que podría ser el mismo Demonio disfrutando del principio del fin de los días.

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En resumen, se trata de una excelente novela corta que resulta desconcertante a menudo, pero que mantiene enganchado con su brillante prosa y que recompensa con unos niveles de profundidad poco frecuentes, y todo ello sin pretensión y sin olvidar que, a fin de cuentas, se trata siempre de contar una historia.

Con información de Literatos

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