Los que llegaron para el revuelo: El libro electrónico

La tecnología ejerce una extrañísima fascinación sobre los consumidores. Hay motivos de sobra para creer que si un aparato deslumbrante y absolutamente inútil se pusiera a la venta como novedad (y no digamos como innovación), los clientes habituales se pondrían a la cola y se darían empujones hasta conseguirlo.

El caso más desconcertante de seducción masiva es el del libro electrónico. Desde el primer momento se abrió paso como la espléndida invención que estábamos esperando. Como si nuestra biblioteca se hubiera convertido en una insoportable carga cuyo peso no nos veíamos capaces de acarrear durante más tiempo, el libro electrónico irrumpió en nuestras vidas para acabar de una vez con los estorbos.

Según los publicistas, el ingenio ha acabado con los ácaros, con los agobiantes problemas de espacio en las estanterías, con el enojoso ir y volver cargado como una mula de las librerías. Se acabó eso tan poco higiénico de mojarse el pulgar para pasar página, o lo de usar como punto de lectura un recorte de periódico. Basta ya de agitar el plumero para quitar el polvo incrustado en los lomos.

Resultado de imagen para libro electrónico

La conversación con el librero, en la que concluye el laberíntico sendero que conduce a los libros que no buscamos, el intuitivo encuentro con la obra de un nuevo autor, el íntimo discurrir del lector que a nadie da cuentas, el libérrimo gesto del que elige sin dejar huellas de lo que hace, el ejercicio de hojear y ojear un libro para saber si nos conviene.

El fulminante vistazo con que uno entiende lo que hace el editor, el perfume que destilan la cola del encuadernador, el papel y la tinta del impresor, ese mirar de reojo lo que compra una desconocida, los fetichistas que guardan los libros firmados de puño y letra por el autor, los coleccionistas que conservan las dedicatorias como el rastro de una devoción…

Con información de El Pais


Síguenos en Facebook