Al límite con 'Tío Howard'

Hay algo extraño, siniestro y resplandeciente a la vez que une la vida de Howard Brookner con la de Jean Vigo. Los dos, cada uno a su manera, convirtieron su profesión de cineastas en un ejercicio al límite, en la frontera misma que separa la vida de la muerte. Y los dos hicieron de sus breves filmografías un ejercicio iluminado de exaltación del cine vivido hasta el último aliento; sufrido en el filo de la agonía por culpa de una enfermedad que se descubrirá fatal. Para los dos.

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El director francés contaba con 29 años cuando dejó su última película, L'Atalante, como testigo último y alma de su fiebre y su cine, y el americano lucía 35 cuando el sida se impuso como la más voraz certeza del fin quizá de una época. «No descubro nada si digo que todo vino a la vez. Con la enfermedad se impuso el ala más radical de la derecha y, de repente, todo se acabó. Una de las generaciones más brillantes de una de las épocas culturalmente más efervescentes desapareció. Todo cambió. Al final de los 80 ya nada era igual. Mi tío murió en el 89», dice Aaron Brookner.

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Para situarnos, el que habla es director y sobrino del cineasta que entre 1983 y el día mismo de su muerte dejó tres películas. Ni una más. Tío Howard, así se titula el documental que se acaba de estrenar, recupera la obra y la vida -las dos cerca de la simple iluminación- de, en efecto, Howard Brookner. Se trata de cine que hace del propio cine el argumento desde el que trenzar un recorrido tan nostálgico como encendido (y algo doloroso)de una existencia y, ya puestos, de la propia materia del cine.

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«Originalmente», recuerda Aaron, «se trataba simplemente de un ejercicio de justicia. Me preocupaba el olvido y sentía la necesidad de la memoria. Poco a poco, la película se convirtió en la historia de un tiempo e, incluso, de mi propia historia. Y así, poco a poco, fueron surgiendo preguntas: ¿qué significa hacer películas?¿En qué consiste ser un artista? ¿Hasta dónde llega la implicación?».

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En efecto, todo eso está presente en una cinta que es también prueba testimonial. Burroughs. The movie fue de las tres películas de Howard la definitiva. Durante cinco años, lo que empezó siendo un trabajo de la escuela de cine alrededor del escritor de El almuerzo desnudo acabó por ser mucho más. Infinitamente más. El documental recupera escenas inéditas de esa película mítica (pues eso es) a la vez que reconstruye el camino de su filmación. Digamos que el espectador es invitado a contemplar la película por dentro. Allí vemos a Jim Jarmusch o a Tom DiCillo, como cómplices y apóstoles. A ellos y a toda una generación que vibra en cada centímetro de asfalto de una ciudad entera. 

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«La ciudad sonaba diferente en aquel tiempo. No había caído aún en manos de la especulación inmobiliaria. Era un terreno de libertad bello y disonante en el que se apuntaba la posibilidad de algo diferente», dice Aaron, se toma un segundo y corrige: «No quisiera sonar pastosamente nostálgico, pero era otra cosa. Y eso se ha perdido. Y aunque sólo sea para tener con qué comparar lo que tenemos ahora, es necesario recuperarlo».

Con información de El Mundo


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